El cuerpo suele enviar mensajes antes de que una crisis se vuelva evidente. Somnolencia extrema, cambios drásticos en el apetito, pupilas contraídas, respiración lenta, desorientación, alteraciones del estado de ánimo y un deterioro físico progresivo pueden ser algunas de las señales que acompañan el uso problemático de opioides. Sin embargo, muchas veces estas manifestaciones se interpretan como cansancio, estrés o problemas pasajeros.
Aprender a observar el cuerpo como fuente de señales puede ser una herramienta importante de prevención.
No se trata de asumir automáticamente que toda alteración física está relacionada con opioides, pero sí de entender que ciertos cambios repetidos merecen atención.
El cuerpo, en ocasiones, advierte antes que las palabras. Escuchar esas señales a tiempo puede evitar que una situación de riesgo avance sin que nadie intervenga.

